La cuestión de la representatividad en el cine ha abierto muchos frentes de discusión, siendo el hecho de quién cuenta según qué historias una de las que genera roces más incómodos. Al fin y al cabo, el cine sirve para mucho más que para contar unos determinados hechos, replicar una determinadas experiencias, y puede ser un gran espacio para explorar las emociones humanas desde la curiosidad genuina del “turista”.
Puede haber algo mágico en cómo lo concreto y lo abstracto se difuminan de la mano de alguien que, viniendo de un espacio completamente diferente, decide retratar los rincones concretos de un lugar. Una manera de descubrir un sitio y unas sensaciones al mismo tiempo casi que el espectador, creando una alquimia especial en películas como ‘Paris, Texas’.
Un mágico viaje por la memoria y el desierto
Es fácil hablar de ella como una de las mejores películas de la historia del cine americano a pesar de tener un ADN extranjero. El alemán Wim Wenders entra en las profundidades de los desiertos, en ciudades completamente nuevas, de la mano de un excelente Harry Dean Stanton en una magnífica obra maestra que regresa temporalmente a los cines españoles casi 40 años después de su estreno.
Un hombre camina en solitario por el amplio desierto texano, sin un aparente rumbo concreto al no tener claro ni siquiera de quién es. Sus recuerdos son una neblina confusa hasta que aparece su hermano para intentar que recupere su pasado, el momento antes de que abandonase a su mujer y a su hijo. El proceso de recuperación de la memoria le lleva por un viaje existencialista lleno de arrepentimiento.
El progresivo viaje de autodescubrimiento no sigue precisamente una línea paralela clara en cuanto a los lugares que se visitan. ‘Paris, Texas’ no trata de hacer una historia medianamente convencional ni siquiera para un género establecido como la road movie, permitiendo a su personaje detenerse en espacios nuevos y llamativos como método para indagar en emociones muy profundas que deben aflorar naturalmente.
‘Paris, Texas’: los espacios y las personas

Este detenimiento para contemplar lugares y personas bordea casi la contemplación de algo espiritual, casi los límites del conocido como cine trascendental, para poder aproximarse a algo puramente humano. Wenders convierte su curiosidad como turista en una de sus mayores bazas a favor, convirtiendo las amplias dimensiones del desierto o los inexplorados rincones de las pequeñas ciudades en un gran objeto de fascinación con el que su personaje puede interactuar.
Todo es posible gracias a un actor tan especial y magnífico como Stanton, que siempre abordaba los personajes con un cariño muy entrañable para hacer las películas a su alrededor un poquito más mágicas. Es fácil dejarse llevar por él y por Wenders a los rincones más inesperados, dejándonos una película que no siempre deja claro hacia dónde nos va a llevar pero siempre estamos dispuestos a acompañarla.
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3 comentarios
wopr2.0
Buen artículo de una OBRA MAESTRA del cine, pero es de juzgado de guardia que la primera foto que pones sea esa, cuando más abajo pones esa preciosidad de paisaje de la America desierta con Stanton en plan rain man.... Buen artículo, me ha gustado, pero podrías haber hablado concretamente de uno de los finales más bellos, más tristes (según como se mire) y menos hollywoodienses que se han rodado jamás. Harry Dean Stanton y Nastasha Kinski...inolvidables los dos. Excepcional película sobre relaciones humans.
suta
Película que suelo revisitar cada 2-3 años. Obra maestra.
Ton Sitruc
Larga vida a Wim Wenders